El Análisis, ¿Termina?


Por Marcos Guiter

El problema de la terminación del psicoanálisis terapéutico sigue, a mi juicio, sin definirse, desde que Freud escribió en 1937 su famoso trabajo “Análisis terminable e interminable”.

Hay muchas opiniones sobre cuándo, cómo y por qué “debe” terminar. Y subrayo esto porque la idea habitualmente aceptada es que “debe” terminar. Sin embargo, creo que este criterio es discutible y podemos decir algo al respecto. De entre la profusa bibliografía que se refiere a la cuestión, tomaré algunos desarrollos.

Empezaré por un libro muy actual y muy completo sobre técnica psicoanalítica, el de Horacio Etchegoyen Los fundamentos de la técnica psicoanalítica (2005). Etchegoyen tiene sus propios criterios, además de resumir los de los más conspicuos psicoanalistas. Tomemos algunos, dejando para el final, los de Freud.

Para Klein, el análisis termina cuando se llega a la posición depresiva; pero, ¿cómo se determina cuándo se llegó a ésta de manera indubitable y sin necesidad de nuevos ajustes? Es difícil decidir cuándo lo que se espera de esa posición se ha logrado de manera completa o no superable.


Para Lacan, el análisis termina según enfoques varios: a) Cuando se llega al orden simbólico, (¿se llega plenamente?) b) Cuando el paciente alcanza la verdad de su deseo, (¿Cuántos deseos hay, o faltan, que pueden ser tan verdaderos como los ya conocidos?). c) Cuando cae el sujeto supuesto saber, (¿Acaso la idealización deja de existir alguna vez?).

Otra versión prescribe que el análisis termina cuando el paciente adquiere capacidad de autoanálisis. Esto en gran parte es improbable, porque tal capacidad está siempre limitada por resistencias inconscientes que una persona por sí misma no puede resolver, ni aún el mismo Freud, como lo demostró con sus propios síntomas, y tendencias adictivas a la cocaína y al tabaco.


El new beginning: A esta postulación de Balint que implica gratitud, sensación de libertad, buenas relaciones objetales, etc. creo que le caben las mismas objeciones anteriores.


Para Winnicott, por otro lado, el análisis termina cuando se ha logrado conquistar el verdadero self. Y no sigo, por ahora.

¿Y cuáles son los indicadores de terminación?

El análisis (Etchegoyen cita a Freud) comienza con ciertos objetivos y debe terminar cuando estos se cumplen. ¿Por qué “debe”? ¿Y si surgen otros objetivos? El análisis debe darle al paciente herramientas para enfrentar futuros conflictos. ¿Y si no puede? Debe volver a análisis. ¿Y si se resuelven y surgen otros? ¿Cómo puede terminar una investigación, cualquier investigación?[1]


En este caso la investigación es el análisis del aparato psíquico de una persona, con un número tan grande (¿Debo decir infinito?) de conflictos.


El hombre es una multitud, dijo alguien, ¿de qué? De muchos hombres, o sea de identificaciones, de matices del carácter, de ideales, de valores, de deseos, de ambiciones, de orígenes, de herencia, de azar, de lenguajes, de circunstancias, de familia, de historias, de historia de su país, su ciudad, su barrio, de profesiones, de experiencias, de suerte o desgracia, y no continúo porque es obvio lo interminable. La diferencia entre los seres humanos es de tal magnitud que podemos decir que son como las impresiones digitales, son todas diferentes.


Si viven en el planeta (año 2010) alrededor de 6.600 millones de personas, existe igual número de cerebros diferentes, con un número presumiblemente exponencial de conflictos. La existencia de tan inmensa diversidad, con números de orden cósmico, explica desde esa perspectiva lo difícil de la psicoterapia, y lo difícil de la psicofarmacología. Ambas son las más inciertas de las terapias.


Los neurocientíficos calculan en un cerebro humano la cantidad de 100.000 millones de neuronas, y cada una de ellas con alrededor de 1.000 dendritas, lo cual hace ¡un uno seguido de catorce! ceros.


Ese es el número de conexiones, de sinapsis y de posibilidad de variaciones en las combinaciones resultantes, y en la identidad de cada cual, en los infinitos matices del carácter y de los síntomas resultantes, siempre suponiendo que cada movimiento, pensamiento, sentimiento, etc., en nuestro psiquismo, se corresponde con una variación, aunque sea mínima, en la actividad del entramado neuronal.


Creo que hay tantos cuadros clínicos como personas. Multiplicando esto por el número de conflictos llegamos a lo infinito.

Por eso las clasificaciones de cuadros clínicos habituales, ya sea de Freud, o del DSMIV, o de la teoría de la comunicación, o de cualquier otra nosografía, resultan irrisorias ante esta inmensidad de lo diverso.


Etchegoyen dice que es contradictorio el análisis interminable, porque no tiene salud mental el que depende de otro toda su vida para subsistir.


Pero ¿no está sujeto el hombre a múltiples dependencias? Una mujer de su marido y viceversa, el hijo del padre, el padre viejo del hijo adulto, el socio de su socio ¿No se depende del médico, del amigo, del enemigo, del libro de cabecera, del sacerdote, de Dios, de la Virgen, del Papa, del empleador, del Estado? ¿Quién es el que no depende y fuertemente, de alguien o de algo? ¿Y si para vivir bien, suponiendo que esto se pueda, hay que depender del otro, sea el analista, o Dios? ¿Qué importa si sirve?


En el famoso libro de Margarita Beecher Stowe, “La cabaña del tío Tom“, antes de morir, el tío Tom, torturado por su amo dice, con fe y esperanza, “¿Qué importa (mi sufrimiento) porque acaso podrá alguien apartarme del reino de los cielos?” Él dependía de Dios para soportarlo todo, y podía soportarlo.


Por otra parte, infinidad de pacientes más o menos graves necesitan siempre de un soporte, que puede ser el padre, la madre, el Estado o el analista, para poder subsistir. Y, además, está el hecho de que mientras esa persona vive dependiendo, puede ser más o menos creativa o feliz y tener logros y hacer cosas, entonces, ¿se puede vivir creativamente teniendo siempre analista?


He oído decir y he leído en alguna parte, que Woody Allen, el actor norteamericano, cuya gran creatividad es indiscutible, se analiza y se analizó toda su vida. Por otra parte, la dependencia excesiva es, naturalmente, un síntoma, y puede analizarse.


Todas las teorías sobre la terminación adolecen del mismo problema: nunca el propósito supuesto en tal teoría, llega a su discutible fin. ¿Cuándo se llega “exactamente” a la posición depresiva? ¿Cuándo se llega “exactamente” [2] al orden simbólico, a la verdad del deseo del paciente, según dice Lacan ¿Cuándo el Yo tiene la correcta capacidad de adaptación? (Hartman) ¿Cuándo el paciente se supone que tiene suficiente libertad?

A veces ocurre que algunos de los parámetros que se dan como indicadores para terminar el análisis están cumplidos. Por ejemplo, la capacidad de goce heterosexual, pero ocurre que esta capacidad lograda se puede acompañar de muchos síntomas o rasgos caracterológicos que no se han solucionado. La capacidad para tolerar la frustración ¿Cuándo es madura y lógica y cuándo no es más que masoquismo?


Entonces, en resumen, ningún criterio de terminación es totalmente válido. Creo que todos lo son, pero como criterios de mejorías o de etapas logradas, nunca de terminación, porque siempre se puede algo más. El análisis es una investigación, y como tal, es interminable, salvo que uno se proponga sólo un objetivo determinado.

Si la propuesta inicial en el contrato analítico es terminar con tal o cual síntoma o problema, es válido terminar cuando esto se cumple, siempre que el paciente lo desee. Naturalmente que en este caso, como en la terminación por otros motivos, o la no terminación, la decisión debe tomarse, si es posible, previo examen conjunto del paciente con el analista en el campo transferencia- contratransferencia.

Si el paciente desea continuar el analista debe aceptar la propuesta para obtener nuevos logros. Porque también el analista, por razones que le son propias, puede querer o pensar que el análisis de tal paciente “debe terminar”, o porque el psicoanalista no soporta más una impasse o porque está enfermo y no puede trabajar, o porque tiene que irse a otro país o por disyuntivas propias de la vida. Pero salvo diversas eventualidades en el analista, básicamente el paciente puede analizarse toda su vida y el analista debe aceptarlo, porque la decisión en relación con los objetivos del análisis le pertenece, en mi opinión, al paciente.


El análisis, en sí, es interminable.


Sólo el paciente, por las razones que fueren, si ya no desea continuar, puede decidir cuándo terminarlo. Es claro que la decisión del paciente responde a razones de su inconsciente y de su Yo consiente pero es este último obviamente el que toma la decisión. De manera que postulo por ahora lo siguiente: el análisis termina cuando el paciente lo desea. Obviamente que cuando el analizado tiene poco tiempo de análisis y desea irse, se le puede sugerir que le conviene continuar. El tiempo, en este caso, es de todos modos relativo.


En general los analistas actualmente consideramos que un año es poco tiempo de análisis. Sin embargo, verbigracia, una paciente que yo analicé vino con el propósito de lograr conseguir marido porque quería casarse y a pesar de su edad, según ella, cuarenta años, no había podido lograrlo. Ese era su objetivo explícito.

Comenzó el análisis y al poco tiempo se puso de novia y al año se casó y dio el análisis por terminado. Por supuesto yo no me opuse en absoluto, aunque quedaran muchos temas a resolver. Ella estaba conforme y eso era lo que quería conseguir.


En otros casos las situaciones no son tan claras, pero un año de análisis nos puede indicar si el paciente nos habla de querer terminar y tiene sus motivos valederos, a los que no tenemos por qué oponernos, porque el ideal de lo que se desea conseguir le pertenece al paciente. Si ese ideal es irrealizable o ilusorio podemos analizar tal situación y veremos si el paciente consigue transformar ese ideal de la fantasía en uno compatible con la realidad.


Otro tema a considerar es, no la terminación del análisis, sino la interrupción (a veces se confunden). El paciente decide terminar, sin más y termina, pero algún tiempo después, meses o años, decide retomar con el mismo u otro analista. Nos parece totalmente razonable y el análisis puede nuevamente interrumpirse y nuevamente volver a empezar.

Se transforma, de hecho, en un análisis interminable.

Otras veces el paciente interrumpe y no retoma, o lo hace muchos años después ¿Cuándo llamamos interrupción y cuando terminación? Desde el punto de vista del analista es interrupción meramente cuando no se han alcanzado objetivos psicoanalíticos básicos, como por ejemplo, por tomar algunos, según mi criterio, la experiencia del insight y la capacidad verdadera para la asociación libre, esto es el poder hablar ante el analista no sólo de cualquier tema, sino sobre todo, de aquellos puntos que más resistencia le provocan (“Si algo que piensa le da vergüenza decirlo, dígalo”, “Si algo que piensa le parece un disparate o que no tiene importancia, dígalo”).

Estoy de acuerdo con Etchegoyen en que el análisis no pretende obtener de cada síntoma, como se dice en medicina, una “restitutio ad integrum”, la cura total, sino la disminución de su gravedad y su incidencia en la vida del paciente.

Así ocurre, siendo todo cuestión de grados, de “cantidad”: Freud siempre pensó que la diferencia entre salud y enfermedad es de carácter cuantitativo. Todos atravesamos el complejo de Edipo, pero las fantasías parricidas pueden ser mayores o menores, la adherencia al objeto incestuoso mayor o menor, y así con las angustias, muchas o pocas, etcétera. Pero sin embargo en algunos síntomas la cura es total y definitiva (puede volver, a veces, si circunstancias adversas inciden en la recurrencia) y a veces la cura es parcial, se atenúa el síntoma y a veces no se cura nunca.

Ejemplo: Análisis de cuarenta años de duración en un paciente con varios analistas de reconocida solvencia (este último es un requisito indispensable) y el síntoma está inamovible. Recordemos que para Freud a veces la libido es móvil, pasa fácilmente de un objeto a otro y otras es fija e inamovible. La vida sexual genital, como hemos señalado, lo mismo que la familiar y social son también buenos parámetros para evaluar el estado psíquico de un paciente.

En esta época (año 2010) los cambios en la estructura familiar y social son de tal magnitud que es difícil establecer dónde está la salud y dónde la enfermedad, que siempre son criterios relativos.

En un trabajo muy profundo titulado “Finales e indicadores de terminación”, Hilda Ojman (2004) hace afirmaciones muy interesantes: parte de una definición de salud mental del psicoanalista Vicente Galli, que me parece útil citar aquí porque es lo menos prejuiciosa y lo mas abarcadora que se puede pedir.


Dice Galli: “Salud mental puede ser definida como un estado de relativo equilibrio e integración de los elementos conflictivos constitutivos del sujeto, de la cultura y de los grupos, equilibrio e integración progredientes, con crisis previsibles e imprevisibles, registrables subjetivamente u objetivamente, en el que las personas o los grupos participan en sus propios cambios y en los de su entorno social”.


Como vemos, el criterio de lo relativo del concepto de salud mental está claramente señalado, así como lo inevitable de las crisis y la existencia permanente del conflicto (“constitutivo del sujeto”). Comparto los criterios de finalización de análisis que expone la autora en su valioso trabajo.


Algunos ejemplos: resolución de síntomas iniciales, desidentificaciones patológicas, relativización de certezas, descubrimiento y aceptación de potencialidades y limitaciones, tolerancia de la incertidumbre, capacidad de disfrutar y sufrir, etcétera. También debemos tener en cuenta que, aun siendo relativo cada uno de los criterios, por lo general se pueden alcanzar algunos de ellos y a veces solo en parte.


Veamos ahora que dice Freud en “Análisis terminable e interminable”.

Considero que algunas consideraciones previas de Strachey, su traductor al inglés, son pertinentes: “La impresión pesimista que deja el trabajo de Freud sobre la psicoterapia analítica, se debe al hecho de que los factores sobre los que hace hincapié son de índole fisiológica y biológica y por lo tanto, dice Strachey, en el prólogo a su traducción del texto freudiano “insusceptibles de influencia psicológica”.

Sigamos con Freud, quien señala tres factores, la intensidad pulsional, los factores traumáticos (fundamentalmente, desde luego, infantiles) y las alteraciones del Yo. Como afirmara hacia el final del trabajo, el análisis terminaría su tarea cuando las condiciones sean más favorables para las funciones del Yo, y esto depende a su vez de su fortaleza. Queda la “responsabilidad” final, en los otros dos factores: la intensidad de lo pulsional, o sea, el factor cuantitativo y lo traumático.

Es notable y muy digno de tomarse en cuenta cuánta importancia le otorga Freud a lo constitucional. Al realizar un rápido rastreo, pude comprobar que Freud se refiere a lo que llama, sinónimamente, lo constitucional, lo heredado, lo congénito, lo biológico, lo cuantitativo, en numerosas oportunidades, mencionando, por ejemplo “la intensidad constitucional de las pulsiones” o “el poder incontrastable del factor cuantitativo” (p. 230).


Freud atribuye la pulsión de muerte exclusivamente a la materia animada, aunque yo creo que bien se podría referir a toda materia, tomando el concepto de entropía, dado que esta, el llamado segundo principio de la termodinámica, sería pertinente a todo lo existente, siendo su característica la de llevar todo lo organizado a la desorganización final.


¿Por qué Freud conociendo el concepto de entropía (lo menciona en “Análisis terminable e interminable”) no lo relacionó nunca con “su” pulsión de muerte? En el artículo mencionado se refiere a “un fragmento de agresión libre” (p. 246), o sea, un fragmento de la pulsión de muerte no ligado por la pulsión erótica, mientras que más adelante refiere que su teoría sobre el dualismo funcional pretende poseer validez biológica.


Por último, al referirse a la bisexualidad como roca viva, como el sustrato biológico, constitucional, de las pulsiones sexuales y de su componente resistencial al análisis, nos plantea el interrogante acerca de si la bisexualidad, es decir, la envidia del pene en la mujer y la resistencia del varón a someterse a un sustituto del padre, serían siempre insuperables, justamente por ese carácter de ser constitucionales.

La pregunta que surge inmediatamente es: ¿Cómo saber cuándo hemos llegado a ese límite, la “roca viva” salvo que, con el estudio que ha surgido como posible desde el descubrimiento del ADN, se pueda reconocer en cada circunstancia humana la porción que corresponde a los genes determinantes de ese avatar humano?¿Cuáles son esos genes, (ejemplos en la esquizofrenia y en la psicosis maníaco depresiva donde hay quienes reivindican factores genéticos) y, cómo se podrán, eventualmente, manipular esos genes, o por lo menos saber que allí están?

De lo contrario sólo queda, y de manera siempre hipotética, utilizar el parámetro del tiempo para evaluar en una conducta, qué es constitucional y que no.

Si después de decenas de años de análisis, con analistas idóneos, una persona no logra modificar un síntoma o rasgo de carácter, podríamos suponer que su base es constitucional. Pero solamente “suponer”. Porque: ¿si solo se necesitara más tiempo y entonces el objetivo pudiera lograrse? Esto no lo podemos saber. Además si la organización propia e inevitable del ser humano es el conflicto, dado que estamos constituidos por instancias en interacción perpetua Yo, SuperYo y Ello, más los ingredientes del medio, entonces nuestro destino inevitable es eso, el conflicto, con sus infinitas variables y el conflicto siempre puede tener nuevos ajustes (esto acuerda con la definición de Vicente Galli).

Llegaríamos entonces, a esta conclusión: los síntomas que tienen su mayor origen en lo constitucional están dentro del análisis terminable porque no hay modificación posible. Los de origen traumático pertenecen al orden de lo interminable porque siempre hay más traumas para elaborar.


Entonces la pregunta acerca de si el análisis es terminable o interminable, se responde diciendo que están ambas posibilidades. Pienso que mientras una persona obtenga beneficios del análisis puede si así lo desea, y su analista también, continuarlo cuanto tiempo quiera. Es posible que esto fomente la dependencia pero creo que mayores son los beneficios.

Con la importancia que Freud asignó a la cuestión de lo biológico, surge naturalmente, la conclusión de que esa parte de la psicopatología está destinada a ser objeto del abordaje terapéutico mediante otros métodos: la química, que Freud reconoció que en el futuro tendría su valor en el tratamiento de las enfermedades mentales.

Inclusive, él mismo vivió toda su vida bajo los efectos de la química para poder crear, era adicto al tabaco, que usaba como estimulante para trabajar. Es decir, que había una falla en su organización psíquica, que solo se pudo remediar mediante la nicotina, sin contar con los 11 años (¿o más?) que duró su afición a la cocaína. Lamentablemente, tanto el tabaco como la cocaína, además de sus efectos químicos de alivio y estimulación, son drogas peligrosas siempre nocivas.

Los psicofármacos, hoy, han adquirido una importancia enorme para el tratamiento fundamentalmente de las psicosis, y en general, de todos los cuadros más o menos graves. Los psiquiatras y psicoanalistas tenemos la impresión, a veces la convicción, de que la psicoterapia analítica o no, no resulta efectiva, al menos si se la utiliza en forma exclusiva. Más allá de las críticas que se puedan hacer a la farmacología, particularmente por parte de los fanáticos de la psicoterapia, (y de la situación inversa, de los biologistas a ultranza, en contra del psicoanálisis), más allá de cualquier reduccionismo en las ciencias, sin tomar en cuenta su interdependencia, la química tiene su lugar bien ganado en el terreno de las terapias de los pacientes mentales. Por ello considero útil, por no decir imprescindible, que el psicoanalista tenga los suficientes conocimientos de psiquiatría y de psicofarmacología para tratar él mismo, con los fármacos que correspondan, a los pacientes que analiza.

Así puede analizar al tiempo que medicar la transferencia sobre la droga. Considero que esta es la situación óptima, si no, lo conveniente sería hacer una derivación a un psiquiatra a los fines de que se haga cargo de ese tema. Lo mismo que corresponde hacer cuando un paciente en análisis muestra signos de una afección orgánica (psicosomática o no) y lo enviamos al clínico para que lo trate desde la perspectiva médica. No somos omnipotentes para tratar a un cardíaco sin la intervención de un cardiólogo, o a un paciente con un tumor sin la intervención de un oncólogo, etc.

En enfermedades como la esquizofrenia, la bipolaridad, las psicosis en general, las neurosis graves, la paranoia, etc., se impone el tratamiento farmacológico conjuntamente con la psicoterapia con base analítica. Es bueno que la psicoterapia la haga un psicoanalista que sepa adaptar la técnica psicoanalítica al tipo de paciente.

Aquí se nos abre, por otra parte, un campo prometedor, la psicofarmacoterapia, aunque creo que a pesar de su profusión todavía está en sus inicios, por la incertidumbre sobre sus resultados y por la cantidad de efectos adversos que conlleva. En efecto, considero que suele ser un campo propicio para la iatrogenia. También lo es por cierto, el psicoanálisis. Con un fármaco mal administrado se puede llegar a matar y con una psicoterapia llevada a cabo por una persona no idónea, se puede arruinar una vida. Este campo, el de la iatrogenia, en la medicina y el psicoanálisis, está a la orden del día. La cantidad de daño que en ambos campos se produce continuamente abarca a gran número de pacientes. Es un problema difícil de remediar.


En síntesis, retomando nuestro tema, si el análisis es terminable o interminable, pienso que es terminable cuando se buscan objetivos limitados y/o el factor cuantitativo es predominante.

Es interminable, cuando el elemento traumático en la génesis de la patología es predominante. Y en este caso hay que suponer que, aún lo traumático infantil, podría tener tal fijeza que no se diferencie demasiado de lo constitucional.


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Bibliografía:


Balint, M. (1962): Sobre la terminación del análisis. Revista Uruguaya, T. IV, 4.

Etchegoyen, H (1993): Los fundamentos de la técnica psicoanalítica, Buenos Aires, Amorrortu. Página 663, Teorías de la terminación, página 675, Clínica de la terminación, página 685, Técnica de la terminación. Buenos Aires.

Freud, S. (1918): “Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica”, De la historia de una neurosis infantil (Caso del Hombre de los Lobos) y otras obras. Ed. Amorrortu, T. XVII, Buenos Aires, 1979. (1938): Análisis terminable e interminable, Moisès y la religión monoteìsta. Esquema del psicoanálisis y otras obras. Buenos Aires, Amorrortu, T. XXIII, 1986.

Galli, V. (2004): Revista de S.A.P., N° 7 y 8, 2004-2005,

Gay, P. (1989): Freud, una vida de nuestro tiempo. Buenos Aires, Paidos.

Hartman, H. (1987): La psicología del Yo y el problema de la adaptación. Buenos Aires, Paidós.

Jones, E. (1960): Vida y Obra de S. Freud. Buenos Aires, Nova.

Lacan, J. (1988): “La demanda de felicidad y la promesa analítica” en: Seminario Libro 7: La ética del psicoanálisis. Buenos Aires, Paidós. —— (1988) Escritos 1. México Siglo XXI.

Ojman, H. (2004): Finales indicadores de terminación de análisis, Revista de S.A.P. Nº 7 y 8. 2004-2005,

Strachey, J. (1986): Nota introductoria al trabajo de Freud, Análisis terminable e interminable. Buenos Aires, Amorrortu.

Winnicott, D. (1987): Realidad y Juego. Buenos Aires, Gedisa.


[TRABAJO ACEPTADO POR EL COMITÉ DEL CONGRESO DE MÉXICO EN FEBRERO DE 2011] REVISTA DE PSICOANÁLISIS | LXVIII | N° 1 | 2011 [1] 1 Recordemos que, según Freud, el análisis es una hipótesis sobre la estructura del aparato psíquico, un método terapéutico, y un método de investigación. Y sabemos que cualquier investigación, salvo con objetivos limitados, jamás termina.

[2] 2 Con lo de “exactamente”, me refiero a curaciones que en algunos síntomas, son prácticamente totales. Por ej: una paciente que padecía de una severa fobia a los perros, a tal punto que un encuentro casual con un perro le producía un ataque de pánico, curó de tal manera, después de muchos años de análisis, que ahora le encantan los perros y los acaricia sin temor. Otro caso, un paciente con impotencia genital, curó, también tras un largo análisis y actualmente en sus encuentros sexuales no tiene dificultad alguna. Claro que en estos casos estamos hablando de algunos síntomas que son una entidad clínica parcial, dentro de una estructura psíquica más amplia que se expresa con otros síntomas y trastornos del carácter, lo cual implica que los propósitos finales de un análisis como los mencionados por los autores clásicos no se han cumplido.


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Lic. Andrea C. Mele

Psicóloga en Lanús

Especialista en Evaluación y

Diagnóstico Psicológico

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