La Tragedia Narcisista


La Metamorfosis de Narciso, S. Dalí

Narcisismo, concepto introducido en la clínica por Havelok Ellis en 1898 para designar: “una tendencia por estar enteramente absorto en la admiración de sí mismo”. Será la escuela psicoanalítica, con Freud a la cabeza, quien desarrollará el concepto, su etiología y sus aplicaciones clínicas, aunque no será hasta bastantes años más tarde cuando se produzca el entorno social que lo constituya como tipología claramente observable. Distinguirá Freud entre un narcisismo primario inherente al desarrollo, y un narcisismo secundario o patológico, en el que la vida se convierte en un “yo-mi-me-conmigo”, es decir en un “yo mimé conmigo”.

A partir de los años 50, junto con el apogeo de la depresión (íntimamente ligada al narcisismo), podemos observar que empieza a aparecer un nuevo tipo de patología, fruto de los nuevos tiempos, que ya no es ni la histeria ni la obsesión de la época freudiana. Esta nueva manera de enfermar se llamará con el tiempo “trastorno narcisista de la personalidad” (T.N.P.) y se caracterizará, según lo formula el DSM-III-R de 1987, por una pauta de grandiosidad (en fantasía o en conducta); falta de empatía; e hipersensibilidad a la evaluación de los demás.

Los psicoanalistas lacanianos, sobre todo, no aceptarán esa versión. Para ellos el narcisismo será una cuestión inherente a todos los sujetos, no un tipo particular de patología. Es más será la cuestión fundamental en la constitución del yo: “Desde este punto de vista, según el cual el yo se define por una identificación con la imagen del otro, el narcisismo (incluso el “primario”) no es un estado en el que faltaría toda relación intersubjetiva, sino la interiorización de una relación”.

El narcisista es alguien que se tragó sin saberlo el gran deseo de una Madre que no supo soltar el bebé que engendró para que viviera libremente en el mundo, que lo parió con la etiqueta eterna de vendido, de vendido a que me llene o me sirva a mí. El narcisista engulló el proyecto parental para uno mismo que cubriera los anhelos no satisfechos de ellos, o que repitiera el mismo juego grandilocuente, no fuera que al quebrarlo lo pusiera en cuestión. Nacido para compensar, nacido para repetir, más función que individuo.

El narcisista se identifica con ese proyecto, lo toma como propio, y constituye su identidad en torno a él. Vive instalado en una magnitud aparentemente sobredimensionada (o sobreempequeñecida) que en realidad, le distorsiona porque vive programado para ser quien no es Vive apegado a una imagen de sí mismo que no puede soltar porque cree que soltándola se suelta a sí mismo. Y ese absoluto sea quizás una característica distintiva con respecto al neurótico, como dice Yontef: Cualquier fisura en la personalidad inflada remite inapelablemente a la personalidad desinflada. No hay río que una con su fluir las orillas, solo hay orillas. La caída es brutal, total. El paso de un aspecto a otro puede llegar a producirse de manera también brutal. El globo pierde su plasticidad y sólo puede estar o completamente hinchado o completamente deshinchado. En realidad son dos falsas subpersonalidades inestables por definición que se mantienen mutuamente, alimentando la una a la otra, como verdugo y víctima, o viceversa. Como el sádico al masoquista, o al revés.

El yo grandioso es un monstruo que se nutre inexorablemente de convertir a los otros en objetos para el propio uso, y de una falsedad en la percepción de los logros. Exige además un alto grado de ansiedad vital, con su consecuente adicción al estrés, y un mantener la mirada continuamente hacia afuera. No hay reposo ni interioridad posible porque se corre el riesgo de acercarse demasiado a la zona en que la mentira ya no podría ser mantenida. Cualquier falla remite totalmente al yo empequeñecido o desinflado. Es el todo o nada que ha generado el considerarse a sí mismo como un objeto de la mirada y del uso de la Madre y/o del Padre. En definitiva como un objeto que se cree sujeto y que trata a los otros como objetos.

Es como vivir en un edificio en el que uno sólo habita o el tejado o el sótano. Es más, llega uno a convencerse de que en la propia casa no existe más que ático o sótano. Arriba hay demasiada luz, puede hacer demasiado calor. Las vistas de la ciudad son demasiado presentes y tan maravillosas que difícilmente hace uno otra cosa que contemplarlas, es decir, en realidad contemplarse uno mismo a través de la mirada proyectada en los otros (“fíjate que ático tan impresionante tiene el vecino…”). No digamos cuando se estropea el ascensor. Los muchísimos pisos le glorifican a uno cuando el elevador automático va testificando con sus subidas lo muchísimo que uno subió. Pero se notan en las piernas y en los pulmones cuando hay que subirlos a pie. Así que el sujeto probablemente mantenga un multicontrato de mantenimiento con mil empresas de averías a la vez, para que el ascensor no falle nunca, aunque todos los ingresos económicos vayan a parar al pago de la fabulosa factura, y la vida se vaya al garete. En el sótano, por otra parte, hay demasiada oscuridad y es frecuentemente frío. No hay nadie a quien mirar (a través de cuyos ojos ser visto, y visto, existente). La ausencia del objeto precipita en la melancolía. Falsa melancolía como falsa era la alegría. Sigue uno mareando la perdiz.

Mientras tanto el narcisista consigue ir despistándose de la vida. Cree que se escaquea de los deberes, pero no menos que de los derechos. Cree uno que consigue eludir las penas verdaderas, pero no menos que los verdaderos gozos. Hay tanta energía puesta en subir y bajar de un extremo al otro que se pierde uno las estadías intermedias. Por ejemplo que también existe un, digamos, segundo piso, desde el cual las cosas se ven de otra manera. Hay ahí un poco más luz que en el sótano, pero nada que ver con la luz deslumbrante y cegadora del ático. Los otros se ven mejor desde la oscuridad de la ciénaga, pero no son las hormiguitas que goza uno de contemplar desde la punta del rascacielos.

El narcisista se obliga a descartar en la consciencia todas las vivencias que no cuadren en ese programa, y sufre por ello, sin acabar de darse cuenta de que el paraíso, si es artificial o prestado no es más que otra modalidad de infierno. Y que hay aparentes infiernos (los del narcisismo catastrófico) que funcionan como extraños paraísos límbicos (“cualquier cosa, por terrible que sea, en lugar de entrar en la vida “). El narcisismo grandioso es como Ulises raptado y retenido por la ninfa Calypso: no es que allí estuviera mal, antes al contrario, sino que ésa no era ni su patria ni su destino, y eso lo percibe quien necesariamente ha desarrollado la suficiente inteligencia para haber venido cumpliendo el programa de “chico/a maravilloso/a” o de “chico/a desastre”. Lo percibe quien lo percibe, claro.

Muchos otros no caerán nunca en la cuenta de ello. ¿Para qué renunciar a algo tan aparentemente maravilloso o cuanto menos tan rentable psicológicamente hablando?

Narciso, en el mito, no se enamora en realidad de sí mismo, sino de aquél a quien ve reflejado y ésa -la discriminación entre uno mismo y la imagen especular- me parece una de las grandes claves de la cuestión. Creo que el asunto fundamental es que la persona consiga poner experiencia, experiencia nutriente de ser, donde antes sólo hubo una gran nebulosa cargada de fantasmas, sean estos alabadores o matadores.

El narcisista se mira la punta del dedo que señala la Luna, creyendo que ella (iELLA!) está allí. Se olvida, o nunca supo, que el asunto no es lo que uno ve, sino, con qué ojos está mirando, y esa mirada del narcisista es la misma mirada del Otro/Madre que le creó a él, y que deforma el reflejo para convertirlo en un monstruo que atrapa y engulle a su verdadero sí mismo. El tiempo que adormece la percepción de los posibles efectos dañinos de tal percepción tanto para los otros como para uno mismo. A veces el impacto que puede abrir una brecha es poder sentir el dolor de otro a quien uno dañó, siempre que la experiencia de dolor pueda ser acompañada o, en algunos casos, autoacompañada, desde una posición compasiva pero no indulgente. El dolor de un inocente puede llegar a conectarnos con la inocencia del niño que uno dejó en la cuneta para subirse al tren de la mirada del Otro. Pero es difícil sostener ese percatarse sin la compañía de otro (el terapeuta) capaz de sostener su deseo, de no proyectarlo y constituirlo así en un nuevo tren al que subirse; o de hacerla con todas consecuencias, a las claras y a la vista, y acompañar todo el proceso hasta el final, a la vez que está ahí como persona, que no se ausenta. La compañía limpia, una vez más, ayuda a entrar en el país prohibido de la terrible soledad de lo desconocido, de lo no habitado del ser convertido en fobia irresistible a vivir intersubjetivamente. Otras veces el impacto que rasga el uniforme es la intensa percepción del daño autoinflingido: “Qué mal que me traté, Dios mío, y qué poco que me enteré”.

Pero para percibir ese maltrato hay que salirse de los propios ojos, de los ojos-gafas que mantienen el engaño.

Los ojos de un terapeuta que puede hablar con su corazón en la mano, limpio de interés en la mirada, son un regio puente. Aunque no deja de ser un camino riesgoso porque podemos repetir el juego de quedarnos pegados a los ojos del otro, a los ojos del terapeuta en este caso, si el proceso no incluye también el rescate de esa mirada interna, la recuperación de lo proyectado. Y el ego del terapeuta es un soberbio enemigo en este caso. Un real enemigo.

Mejor ‘no preguntarle a la propia mirada, porque repetirá automáticamente la misma imagen como un disco rayado siempre en el mismo lugar, a no ser que uno se quite las gafas de color con las que está mirando. Pero para eso hay que percatarse de que uno tiene una mano con la que quitarse las gafas, y para eso hay que tener experiencia de ser algo otro que el personaje que, como tal, no tiene cuerpo. Y por lo tanto tampoco mano.

Por otra parte, en el narcisista, como en el psicótico o en el toxicómano (aunque con diferencias), el padre no ejerce su función de Ley, es decir, “no hay Padre”. O, en algunos casos, puede haber Madre y Padre, pero tan distantes entre sí que no dejen lugar al Hermano, a la experiencia de un igual con quien ver y vivir la vida codo a codo.

Con el toxicómano una diferencia pudiera ser que en el narcisista la sustancia es uno mismo, véase la imagen seductoramente asesina a quien vendimos nuestra alma. En el psicótico puede no haber ni siquiera imagen con la que confundirse. En cualquier caso, no hay quien le rescate a uno/a de la paradoja fusional-confusional, ni hay con quien edipar, ni dirimir la falta. Así es que el sujeto (que en realidad, recordemos, es más objeto que sujeto), va a vivir, o a creer que vive, “sin falta”, es decir sin consciencia de límites y sin reconocer como propios los aspectos no triunfales como la tristeza, el hastío, el dolor, el fracaso, la rabia o la mediocridad en el “Narcisismo UP”. O la vivencia de plenitud, el estado de serena satisfacción, el “ya”, en el “Narcisismo Down”.

“Yo no soy esa que tú te imaginas...”, decía Mari Trini en una canción de los setenta. Aunque en realidad quien está imaginando es uno mismo. Esa rotura, ese no, puede ser una buena formulación del inicio de la salida de la esclavitud que supone tener que ser siempre Top, estar siempre High, ser solamente quien siempre está “Bien, gracias“. O al contrario, ser siempre quien está “Mal !qué pasa!“. Pero para eso hay que deprimirse en el mejor de los casos. En el peor, claro, la muerte o el suicidio. Y en medio tener la suerte de que la enfermedad somática que uno elige como salida desesperada y alternativa a la depresión, no sea mortal, ni le deje a uno secuelas irreparables. Y llegar a entender, a través del proceso terapéutico, que el peor tú que enuncia el verso de Mari Trini no es ni la madre, ni el padre, ni la sociedad, aunque todos ellos suponen tránsitos necesarios, sino, insistamos, uno mismo

¿Qué hacer pues como terapeuta? Arriesgando una expresión en la frontera entre lo simple y lo simplista creo que una buena orientación sería algo así como: Acompañarle cuando sube y ayudarle a entender y a vivir que está subiendo o arriba; acompañarle cuando baja, y ayudarle a entender a vivir que está bajando o abajo; y ayudarle a vivenciar y a poner en la propia consciencia que -antes, durante y después de todo ello- está y ocurre “eso”. Eso que no es ni el ser la hostia ni el ser asqueroso, ni la manía ni la depresión. Y que todo el tiempo sigue estando vivo -que es la más grande de las cosas cuando uno ha sentido de cerca la muerte, y la depresión profunda es una manera de sentirla- y siendo lo que es, en la medida en que esté ahí en lugar de ausentarse para fustigarse o para dorarse la píldora, y que esa posición, cuando la conseguimos, tiene el premio de una libertad “grande como el mar”, inasequible e insospechada para quien no salió nunca de la cadena de montaje, pero que prefirió contarse el cuento de existir libre de las ataduras que atan a los mortales: único, especial, inaudito, con el currículum de un molde roto y desechado después de nacer. Que pueda, en cada instante, llegar a preferir ser lo que realmente es -atravesando la disforia- a ser lo que se supone que debería ser, pensar, sentir o hacer.

El narcisista no conoce el gozo de necesitar. Puede llegar a olerse su cara trágica que no es más que el can-cerbero que guarda la puerta del camino de salida, pero muerde. La fantasía de la tragedia de necesitar verdaderamente utiliza su inmensidad para inhibir cualquier acercamiento experiencial y por lo tanto real, moderado, paso a paso, y en contacto con lo obvio. Es preferible seguir siendo una mierda o una joya antes de tomar responsabilidad por lo que uno en realidad piensa, siente y hace. El goce de confirmar lo sabido le gana la partida al gozo de la sorpresa. La fuerza de la noria pesa, pero finalmente nos acostumbramos a todo. Aunque pueda uno llegar a intuir que sólo una vida con sorpresas es una vida que valga la pena vivir por decisión propia. Y la sorpresa sólo puede venir de un tú reconocido como tal, cuya escucha y contacto le devuelve el verdadero yo a una identidad esclava de su programa inconsciente.

El narcisista tampoco conoce el descanso de salirse de la misión, del esquivar, aunque sea por un momento, el plan que se perpetúa a si mismo y que le condena a uno a dedicar la vida, a subir y bajar la montaña (otro rasca-cielos), sin interrupción, sin pausa. Como Sísifo en el mito. Ha construido paralelamente otro sub-monstruo que le va repitiendo paralelamente al ascenso o al descenso que parar es morir, que cualquier pausa susceptible de consciencia será una inyección insoportable de angustia. Esa pobre personita usada como altar o como water se pasará la vida entre inciensos y excrementos. Pero esa pobre personita no fue nunca tratada como personita. Nadie le recogió en sus accidentales salidas del uniforme. Nadie le devolvió un “existes, más allá de lo que pienses, sientas o hagas, más allá de mis ojos”. A los de arriba nadie les acompañó en sus descensos; a los de abajo nadie les acompañó en sus ascensos. Ni, quizás, viceversa. Y ninguno de los dos fue otro que el que sube y/o el que baja. Fueron una cosa en manos de alguien que, de alguna manera, también se sintió a su vez una cosa de alguien.

Recordemos aquí que en el mito Narciso (una identidad violada) es hijo de una madre también violada. El narcisista nunca escuchó un “tú” Un “tú eres tú”. En su lugar una y mil veces escuchó aquello de “Tú eres yo, o un sub-yo. Existes porque me sirves A través de tí eludo mi falta”. Y va repitiendo esa cantinela en el mundo presente hacia los otros y (mucho más imperceptiblemente) hacia sí mismo. El otro objeto alimenta el ego del narcisista. Así alimenta su tragedia, y la bola de nieve es cada vez más grande, y por lo tanto más difícilmente manejable. Aunque cuando puede existir un otro-tú, la esencia, el sí mismo verdadero, la personita que murió víctima de la mirada de la Gorgona, empieza a recibir su biberón de leche. El bebé al que mató, cosificándolo, la mirada asesina del Otro, empieza a balbucear.

Cuanta ternura pueden llegar a provocar esos balbuceos en el prisionero de la cárcel de oro o de betún. Personas que se sabían cadáveres vivientes, aunque no se lo podían contar a sí mismas que pueden llegar a recuperar la vibración que llena los ojos de lágrimas. La ternura dulce pero no dulzona, tibia pero no empalagosa, reconociente de la frialdad y de la acritud, fue desde siempre un claro crisol de la vida. La vida emocional, que de tanto color desgastado y abusado se tornó gris, puede llegar a recordar la limpia luz del sol que uno fue tamizando a través de abusar de los filtros. Algo realmente hermoso que tiene este oficio, el de terapeuta, es el poder asistir a esos partos. Cuando suceden.

Albert Rams Artículo publicado en Gestalt Revista 20. Marzo 2.000.- A,E,T,G

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